Cada granito subía su esencia olorosa por el aire, y todos juntos la unieron para tenderla en el convento por encima del perfume de las rosas del jardín y de la sutil fragancia que emanaban de la capilla doméstica, y de la que fluía de las pequeñas celdas.
De
las orcitas talaveranas del limpio anaquel fue sacando Sor Andrea
clavo, pimienta, cacahuate, canela, almendras, anís y de un tarro
tomó unas pulgadas de comino y empezó a moler todo eso,
mezclándolo, en un mortero. Del tibor chino, azul y blanco, en que
se guardaba el chocolate monjil, tomo dos tablillas y las juntó a
los ingredientes que acababa de moler, y el mortero volvió, alegre a
tintinear persistente con un clero repique de campana jubilosa. En
otro mortero, machacó jitomates, cebollas, ajos asados, recogiéndose
la manga del hábito para que no se le quedara en ella ningún
avillanado rastro cebollero.
Subía
y bajaba suavemente el torso de la monja, palpitándole las blancas
tocas al subir y al bajar sobre el metate la gruesa mano de piedra,
metlapille. Ya para crear la masa en espesa onda bermeja sobre la
artes, con el filo de la mano recogía rápida, subiéndosela con
ágil movimiento a la palma volviendo esta hacia arriba, para ponerla
en seguida encima del metate y seguir triturándola firmemente.
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Pasta de mole |
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